lunes, 14 de julio de 2008

¿POR QUÉ ANALIZAR EL AMOR?

Mari Luz Esteban Galarza (UPV-Euskal Herriko Unibertsitatea)
Rosa Medina Doménech (Universidad de Granada)
Ana Távora Rivero (Universidad de Granada-Servicio Andaluz de Salud)
Cuando las feministas de nuestro alrededor han conocido que nos estábamos embarcando
en una investigación en torno al amor han tenido reacciones diversas. ¿Por qué analizar (y por tanto deconstruir) el amor “cuando es lo mejor que tenemos las mujeres”? han preguntado algunas con preocupación. Otras han mostrado entusiasmo por el proyecto, pero un entusiasmo que en bastantes casos aparecía teñido de un cierto escepticismo, como si no vieran del todo claro a dónde nos puede conducir semejante estudio. Algunas compañeras simplemente se han limitadoa escuchar. Nuestra impresión es que las respuestas hubieran sido diferentes si se hubiera tratado de cualquier otra temática, estuviera justificada o no, es decir, que hay algo en el amor como objeto de estudio que nos perturba. Y eso nos ha desconcertado, pero al mismo tiempo nos ha animado a seguir adelante y a reflexionar en profundidad sobre el porqué de estas reacciones. ¿Por qué investigar el amor cuando hay cuestiones que afectan a la vida de las mujeres y que son “aparentemente” más urgentes, como las migraciones o las políticas respecto al empleo,la dependencia o la protección social? ¿Qué puede aportar este estudio a un análisis feminista y antropológico de la reproducción y cambio de los sistemas de género en el que está comprometida la antropología feminista actual? ¿Cómo puede contribuir esta reflexión a un análisis teórico y etnográfico que pretende ser local y específico pero global a un mismo tiempo?Nuestra intención con este artículo no es responder en profundidad a todas esas preguntas, máxime teniendo en cuenta que estamos aún al comienzo del proceso, pero sí avanzar algunasideas y reflexiones a modo de propuesta de análisis. Partimos de la convicción de que, a pesar de que el amor, como ideología cultural pero también como configurador de prácticas sociales e individuales, es parte intrínseca del proceso de construcción de las relaciones de género, es un aspecto de la vida de las mujeres insuficientemente analizado en los estudios feministas. Por ello, nuestro propósito con este estudio es contribuir a cubrir dicha carencia, ya que el amor es un ámbito de reflexión e investigación que en general ha sido analizado sobre todo desde la psicología, y cuando ha sido abordado en otras disciplinas lo ha sido en el contexto de otros campos de estudio (familia, sexualidad...). Sin embargo, creemos que tiene un papel fundamental en el mantenimiento y perpetuación de la subordinación social de las mujeres y que, además, puede tener una importancia directa y crucial para aportar puntos de vista alternativos en temáticas de mucha actualidad como, por ejemplo, la violencia contra las mujeres. Porque el amor al que nos vamos a referir es el que podríamos denominar amor sexual, lo que otros llaman también amor romántico o pasional; es decir, una de las formas del amor que conlleva la presencia del deseo sexual y quese percibe singular y distintivo respecto de otras formas amorosas, sea por la intimidad que produce, el compromiso al que puede remitir o las percepciones que genera. Este déficit de teorización puede relacionarse también con la importancia del amor en la persistencia de una idea naturalizada del ser mujer que es preciso seguir desenmascarando. Un eje de reflexión que consideramos clave en esta investigación. Una naturalización, además, que es un obstáculo importante para una aproximación no etnocéntrica e intercultural de las relaciones de género, como la que se pretende en la antropología feminista y como la que pretendemos también nosotras. Por tanto, el estudio del amor puede contribuir a desentrañar algunos de los mecanismos causantes de la subordinación social de las mujeres que todavía no han sido suficientemente desentrañados y, más en general, del funcionamiento del sistema de género y, por tanto, de su transformación.
EL AMOR, UNA EMOCIÓN ESTRUCTURADA Y ESTRUCTURANTE
Pero, el amor constituye un campo temático difícil de definir. Una dificultad básica reside, como decíamos, en el diferente grado de producción de conocimiento en este campo, ya que existen diferencias patentes entre los saberes generados por la psicología frente a los producidos por otras disciplinas, como la antropología y la historia, por ejemplo. Quizá, precisamente por estas dificultades, el mundo de los afectos no haya sido aún estudiado con profundidad desde una perspectiva feminista interdisciplinar, como sería de desear y es también nuestra intención. Nuestra aproximación al amor está directamente influida por los marcos teóricos en los que nos situamos como investigadoras, y por las metodologías de nuestras disiplinas de procedencia, la historia de la ciencia (Rosa Medina Doménech), el psicoanálisis/psicología social(Ana Távora) y la antropología (Mari Luz Esteban). Para convertir cualquier fenómeno social o cultural, en nuestro caso el amor, en un objeto de estudio es preciso en primer lugar encuadrarlo y conceptualizarlo teóricamente. La literatura que hemos manejado hasta el momento nos permite diferenciar dos ámbitos de consideración y problematización del amor: por una parte, todo lo que tiene que ver con el tratamiento cultural,histórico y científico del amor como una emoción y su papel en los procesos de individualización y subjetivación generados en occidente en los últimos siglos; en segundo lugar, aunque estrechamente relacionado con lo anterior, la trascendencia del amor en la generación y perpetuación de las desigualdades de género. Este apartado lo dedicaremos principalmente al primer aspecto aunque nos introduciremos también en el segundo.No parece difícil llegar al acuerdo de que el amor es básicamente una emoción pero, a este respecto, nos interesa resaltar que nuestro interés se enmarca en la preocupación general actual de las ciencias sociales por las emociones. Esta cuestión no es ajena al papel que juega la regulación de las emociones en las sociedades contemporáneas de consumo y de medios de comunicación, donde las emociones son un mercado en crecimiento y no sólo para las ciencias sociales y humanas (McLemee 2003). Así, el amor se ha convertido en nuestra occidental contemporánea en uno de los motores principales de la acción individual y colectiva (Evans 2003), que afecta directamente a la vida de las personas y, desde luego, también la nuestra como investigadoras instaladas en esta sociedad.
Asimismo, el análisis del amor ha de emprenderse siempre en relación con otros componentes del sistema social (Duby 1990). Es decir que las normativas, expresión, contenidosy expectativas del amor, las maneras consideradas femeninas o masculinas, o las formas de disfrutarlo y padecerlo, son sociales y cobran sentido dentro de contextos históricos concretos,donde se articulan a su vez con las biografías individuales y con la construcción de un mundointerno determinado (Coria 2001). Esta idea de que el amor es un constructo social debe mucho a la producción histórica interesada en atribuir a lo cotidiano una importancia clave en el conocimiento de la historia humana, es decir, en hacer una historia que sea relevante para nuestras historias (Martín Gaite 2001). Una cuestión que el feminismo ha sabido dotar de mayor profundidad política al destacar el carácter político de lo personal.
Además compartimos la idea de que las emociones son formas de negociar significados
sobre fenómenos tan distintos como los derechos y las obligaciones de cada cual o el control delos recursos. Es decir, que el significado de las emociones puede ser colectivo y/o individual, pero las emociones se personifican (se actúan/se interpretan/se encarnan) frente y en relación a los otros y en contextos específicos dentro de un sistema cultural, un entorno social y material concreto, con valores, relaciones sociales y condiciones económicas determinadas (Lutz 1988).
Más aún, desde la antropología, hablar de emociones no sólo es hablar de sentimientos, sino que incluimos también las dimensiones cognitiva, moral e ideológica, es decir, los contextos deproducción y reproducción de los sentimientos (Scheper-Hughes y Lock 1987). Pero, para que las emociones se hayan convertido en objeto de estudio ha sido necesario también un cuestionamiento de ciertas dicotomías tradicionales que en occidente han limitado en gran medida la reflexión sobre los diferentes fenómenos humanos (Scheper-Hughes y Lock1987). La búsqueda de la ruptura con estas perspectivas dicotómicas, que separa ámbitos como los de sentimientos/pensamiento,
razón/emoción, mente/cuerpo, individuo/sociedad, hombre/mujer, sujeto/objeto, es otra de las guías centrales de nuestra investigación respecto al amor. Este cuestionamiento se ha ido produciendo gracias a la conjugación de un amplio abanico de influjos en el que destacaremos aquellos que han sido relevantes en nuestras trayectorias,desde ámbitos como el feminismo teórico, al contestar las dualidades patriarcales; los estudios post-coloniales, al refutar la universalidad de la razón occidental; el postestructuralismo; o los desarrollos de la propia psicología social que vienen destacando los vínculos indisolubles entre la estructura interna del sujeto y el mundo externo, o entre la estructura interna del sujeto y la organización social.
Desde una perspectiva feminista, la especialización de las mujeres en las emociones ha
sido destacada por distintas autoras como base de la dominación, es decir, como base para relegarnos a posiciones subordinadas (Abu-Lughod 1986; Abu-Lughod y Lutz 1990; Eichenbaum y Orbach 1990; Lutz 1990; Comas 1993). De forma que contribuiría a generar una determinada división genérica del trabajo, una discriminación general en el acceso al mercado de trabajo,salarios y acumulación de capital (Connell 1987,1997; Fraser 2000), además de poder ser unadificultad percibida por las mujeres para ascender en sus puestos de responsabilidad por el miedo a perder el poder de los afectos. En la última década, algunos autores han defendido el mayor grado de democratización y emancipación del amor en las relaciones amorosas actuales (Beck y Beck-Gernsheim 2001). Pero este optimismo, particularmente el de Anthony Giddens (1992), ha sido criticado por algunas teóricas feministas y considerado como una “racionalización optimista masculina” (Langford 1999; Evans 2003). Estas autoras siguen defendiendo, por tanto, lanecesidad de su estudio para una comprensión integral del género como forma de ordenamiento desigual del mundo.
Para conceptualizar el amor dentro de una visión antropológica feminista vamos a seguir y avanzar en el modelo propuesto por el equipo dirigido por Teresa del Valle en el libro Modelos emergentes en los sistemas y las relaciones de género (2002:19-48), basado a su vez en las teorizaciones de autoras/es como Robert Connell (1987,1995)
. En dicho estudio se incluyen algunas conclusiones relativas a la importancia de las emociones y las relaciones afectivas en la socialización, la autopercepción y las experiencias de hombres y mujeres, identificando dificultades pero también alternativas relacionadas con el cambio (del Valle et al. 2002, capítulos 4 y 6). Desde este planteamiento, el amor formaría parte de una de las principales subestructuras del sistema de género, la relativa a la “organización de las emociones”, y cuando hablamos de organización de las emociones nos referimos tanto a la organización de los sentimientos, como al deseo, la sexualidad y el cuerpo. Las otras dos subestructuras serían las relaciones de poder y de producción. Pues bien, consideramos que en un sistema de género como el nuestro es fundamental el modelo cultural imperante del amor que, apoyado a su vez en un sistema de heterosexualidad obligatoria, implicaría el surgimiento, siempre inspirándonos en Judith Butler (1993,1997), de una determinada performatividad del género y del amor, de unos “cuerposamorosos” concretos, con apariencias “naturales” y disposiciones heterosexuales “naturales”.
¿CÓMO ANALIZAR LAS DESIGUALDADES DE GÉNERO RESPECTO AL AMOR?
El amor, ya lo hemos dicho, parece ser es un ámbito de reflexión privilegiado para avanzar en el análisis de las desigualdades de género. Pues bien, en esta exploración de las relaciones entre el amor y las desigualdades de género nos parece oportuno diferenciar dos orientaciones y/o campos de estudio: (a) La vinculación entre el amor y el proceso histórico de subjetivación que surge en la modernidad y su peculiar configuración histórica en el hecho «ser mujer» para el mantenimiento de la dominación. (b) La centralidad del amor en la producción de la identidad de género.
La vinculación entre el amor y el proceso histórico de subjetivación
Esta vinculación puede rastrearse en la tradición francesa de la llamada Escuela de los Annales, a quien puede atribuirse el interés historiográfico inicial por la intimidad (Firpo 1984) que, a grandes trazos, se ha asociado a los cambios históricos que fueron transformando una sociedad occidental de corte estamental en una sociedad estructurada en estados-nación y economías capitalistas. El amor, como componente de la intimidad, habría sido el acompañante social en el proceso de secularización, de pérdida del sentido de la trascendencia, proporcionando la cohesión social y el sentido de pertenencia. Pero, además de en ese sentido trascendente, las emociones fueron importantes en otro sentido. La modernidad occidental supuso también el surgimiento de la vinculación entre amor y matrimonio, aunque esto no signifique que en otras sociedades y culturas no se conozca este sentimiento (Jankowiak 1995; Bestard 1998). La familia, centrada en la pareja conyugal, se constituye en un espacio cargado de sentimientos al romperse los antiguos lazos comunitarios. En su seno cobra pleno sentido la pasión amorosa como centro de la reproducción del sistema social, para lo que fue necesario también una ciertadomesticación de la sexualidad (Engels 1981[1884]).
Por tanto, en un sentido amplio, el amor contribuyó a la configuración del individuo en este periodo moderno, que requería una delimitación entre lo exterior y lo interior para la que, sin duda, fue crucial el desarrollo histórico de ciertas formas concretas de percibir las emociones. La concreción del amor romántico a lo largo del XIX afianzaría esa toma de conciencia individual, viviendo el sí mismo en el (amor al) otro (Cohran 1996). Es decir, que la concepción misma de subjetividad tendría un carácter histórico —tal y como algunas aportaciones que siguen la estela foucaultiana vienen indagando (Alvárez Uría 2001; Crespo y Soldevilla 2001)—, y el amor sería un elemento esencial en dicha construcción.
Como es bien sabido, este periodo histórico moderno resulta relevante por la demarcación social entre lo público y lo privado de profundas consecuencias en las vidas de las mujeres y donde, además, como ha señalado Julia Varela (1997:239,226), la categoría «género humano» que sirvió de anclaje a la individualidad tuvo para las mujeres especificidades en cuanto a su subjetividad, dentro de lo que ella denomina «dispositivo de feminización», un conjunto de procesos, muchas veces ignorados y ocultos, que habrían convertido a la mujer burguesa o, en un sentido más amplio, al eterno femenino, en una imagen universal, histórica y natural. En este sentido, ciertas formas específicas de entender el amor también formaron parte de esos procesos ignorados y ocultos de ejercicio del poder a través de lo subjetivo. Los saberes científicos habrían contribuido a la construcción de la subjetividad y, por tanto, a poner en marcha este dispositivo de feminización proporcionado procedimientos y tecnologías para la adaptación y sometimiento de las mujeres al sistema de género.
La centralidad del amor en la producción de la identidad de género ¿Por qué las mujeres, en mayor o menor medida, siguen considerando el amor como un motor central en sus vidas a pesar de que esa centralidad amorosa las puede situar como «sujeto de carencia» o de necesidad y no como «sujeto de interés»? (Hernando 2003). La respuesta a esta interrogante nos sitúa frente a la cuestión de la centralidad del amor en la producción de la identidad de género. Pero, tanto la conformación de esta identidad como sus cambios pueden ser abordados desde distintos enfoques. Nosotras proponemos la interrelación entre lo que analíticamente podríamos denominar: (a) la dimensión socio-discursiva e histórica (Scott
1986,1992), (b) la dimensión psicológica (Levinton 2000); y (c) la dimensión corporal (Butler 1993,1997; Connell 1995; Esteban 2004). Y cada uno de estos niveles supone un abordaje teórico y metodológico propio, aunque complementarios en su totalidad. Veamos algunas ideas de cada una de ellas:
Dimensión socio-discursiva e histórica. A este respecto se deberían explorar aquellos contenidos de los discursos hegemónicos y alternativos que tienen una influencia directa en las experiencias de las mujeres y en el proceso de construcción de la subjetividad femenina. Es decir, los significados, metáforas y símbolos asociados a los procesos amorosos y a una determinada
forma de entender la feminidad y la masculinidad en nuestra sociedad. Desde esta visión, la identidad de género podría ser definida como la “síntesis particular de prescripciones sociales, discursos y representaciones sobre el sujeto que se producen y son puestas en acción en cada contexto particular” (Benlloch y cols 2001:14). Se recoge así la tradición de autoras como Joan Scott (1990[1986]) al señalar que los cuatro aspectos o niveles diferentes pero interrelacionados del género son: (1) los símbolos y representaciones, a veces contradictorias; (2) los conceptos normativos expresados en doctrinas religiosas, educativas, científicas, legales y políticas; (3) la dimensión política e institucional de todo lo anterior (sistema de parentesco, mercado de trabajo,
instituciones relativas a la educación, la economía y la política); y (4) la construcción de la identidad subjetiva (ibidem:46). En esta vertiente histórica sobre el amor sexual adoptaremos un abordaje desde la historia cultural que no implica, simplemente, la sustitución de lo social por lo cultural. Tampoco consideraremos la cultura del amor de una época como una mera cacofonía de los efectos del discurso médico-psicológico. Nuestro abordaje entiende lo cultural como contextual y contingente, ecléctico y heterogéneo (Hofer 2004) y no considera el discurso histórico producido desde las ciencias médico-psicológicas como un discurso dominante que produce dócilmente formas concretas de subjetividad sino que puede ser tanto seguido como resistido o contestado (Medina 1999). Intentaremos analizar tanto lo que se dice respecto a cómo se siente, cómo se identifica a la persona amada o por qué se siente, así como las diversas estrategias desarrolladas o recomendadas para su obtención. Prestaremos atención a las propuestas y contenidos relacionales y, particularmente, a los aspectos, normativos o no, que contengan los discursos médico-psicológicos sobre el amor. La metodología consistirá básicamente en la búsqueda y localización de fuentes y en el análisis crítico de dichas fuentes. A pesar de que la historiografía tradicional no ha profundizado aún en el estudio específico del discurso científico sobre el amor, ya existen en nuestro entorno académico algunas revisiones feministas sobre saberes psicológicos (Bosch Fiol 1992,1994). En lo concreto, perseguimos situar las ciencias del amor generadas a lo largo del periodo franquista en el contexto internacional de producción médica-psicológica. La elección del periodo franquista, desde la posguerra a la muerte de Franco, se justifica, por una parte, porque la distancia temporal respecto a este periodo permite su acercamiento histórico. Pero, sobre todo, porque se trata de una etapa de influencia clave en las mujeres que constituirán las otras secciones de la investigación, particularmente en la configuración de sus ideas, percepciones e identificacionessobre el amor. En este sentido, Carmen Martín Gaite (2001), en su exploración del discurso amoroso en el periodo de la postguerra española (hasta 1953) a través de revistas y consultorios amorosos, ha mostrado cómo se configuró una idea de amor que contribuía al sometimiento de las mujeres, pero también ha destacado las resistencias al discurso del aparato franquista o la vinculación del ideal amoroso a la concepción de la idea de «españolidad». Dimensión psicológica. Las mujeres son animadas continuamente en nuestra sociedad a crear y mantener afiliaciones y relaciones (Baker Millar 1992), de forma que las necesidades de apego se convierten en las principales motivaciones por las que las mujeres organizan sus vidas (Levinton 2000). Así, sin excluir que a veces la dominación, de forma individual, puede producir felicidad, las psicólogas feministas han subrayado la idea de que son los sentimientos de culpa, el miedo al proceso de individuación y la soledad que conlleva, los que mantienen la centralidad del amor alienante como incuestionable. De esta forma, las mujeres, en grados muy distintos, se encontrarían en una situación de conflicto entre atender al deseo propio o atender a los deseos del otro, entre la construcción de una identidad más individualizada que las coloca en la posición de sujetos con deseos, iniciativas y capacidad de acción, y el privilegio del deseo de los hombres (en mujeres heterosexuales), lo que les impediría desarrollar los deseos propios y las devolvería a la posición de objetos (Hernando 2003). Esto puede producir no sólo insatisfacción sino incluso problemas de salud, como ansiedad o depresión (Távora 2003). Sólo la resolución del conflicto que desencadena la tensión entre el deseo de ser libres y el deseo de no serlo podría ayudar a las mujeres a encontrarse en el lugar de sujeto (Benjamín 1996). Con el propósito de profundizar en las relaciones entre la centralidad del amor, la aparición de determinados conflictos y la salud mental de las mujeres, vamos a analizar el proceso que siguen diferentes mujeres diagnosticadas de un trastorno de salud mental moderado-severo y que están incluidas en grupos terapéuticos. En los mismos se puede observar cómo aquellas mujeres que organizan su vida atendiendo sobre todo al deseo de ser queridas por los otros tienen más dificultades para descubrir sus propios deseos, y que esto se relaciona con un peor estado de salud. En concreto se analizarán los grupos coordinados por el Equipo de Salud Mental de Santa Fe (Granada).
Dimensión corporal. Una última dimensión de la construcción de la identidad de género que nos parece fundamental es la que surge desde la más reciente antropología y sociología del cuerpo, perspectiva que conecta con la llamada teoría de la práctica. Desde este enfoque se sostiene que el sistema social moldea la acción humana, pero que ésta es también determinante para comprender la producción y reproducción del propio sistema así como los procesos de cambio que se producen dentro del mismo. Así lo corporal sería, por una parte, la encarnación de distintas convenciones y posibilidades históricas (Butler 1993,1997) pero, al mismo tiempo, la base material, carnal, de las acciones individuales y colectivas y, por tanto, también de las transformaciones sociales y culturales (Esteban 2004). Desde esta perspectiva, además, se pone mucho énfasis en la necesidad de alternativas metodológicas que permitan maneras diferentes de acceder al análisis de la existencia humana y la diversidad cultural, de las relaciones sujeto, cuerpo y sociedad, de la constitución pero también de la fragmentación del sujeto (ibidem). En el amor, la corporeidad es crucial, y ésta a su vez sería la base material, física, performativa de la conformación de la identidad de género, una identidad múltiple, diversa, en interacción estrecha con la experiencia. Además esta identidad encarnada estaría en construcción, no sólo por estar sometida a los procesos de socialización contextuales sino, también, por transformarse a lo largo de toda la vida. Es decir, en esta tercera dimensión, la identidad de género se entiende como una identidad corporal (ibidem), pensando que nos identificamos en relación al género dentro y a partir de una determinada corporeidad, desde una vivencia y una percepción determinada de nosotros/as mismos/as como seres carnales; una corporeidad que es además absolutamente dinámica. Por tanto, las prácticas de género son consideradas como prácticas físicas, sensoriales, motrices, emocionales, etc. Y los debates, los desafíos y las luchas feministas, como desafíos y encrucijadas encarnadas.
En este apartado, se llevará a cabo el análisis de los itinerarios corporales-amorosos de
mujeres diversas pero que tienen un proyecto de vida autónomo y que comparten una ideología feminista en un sentido amplio, lo que nos permitirá analizar contradicciones, conflictos y aportaciones que pueden no aparecer en otros colectivos de mujeres, siempre desde la idea de que los discursos y prácticas de las mujeres en torno al amor, en general, muestran una mayor diversidad y heterogeneidad que los planteamientos presentados por los discursos dominantes que sustentan la subordinación.

Estamos convencidas de que la articulación en el proceso de investigación de diferentes
aportaciones teóricas y metodologías, y el análisis de la experiencia de mujeres pertenecientes a distintos contextos sociales, culturales e ideológicos, puede permitirnos dibujar un panorama más amplio y complejo a la hora de extraer las conclusiones finales del estudio.
DESAFÍOS
Podríamos resumir lo anterior subrayando la idea de que la reflexión sobre la interacción amorosa, precisamente por su inserción específica en el ámbito más íntimo y cotidiano de nuestra vida, puede proporcionar un lugar privilegiado para entender en toda su complejidad el cómo se generan, se mantienen y se transforman las desigualdades de género. En este sentido, consideramos que una determinada ideología y práctica subordinadora del amor constituye, atraviesa, permea, y amplifica de manera específica una forma determinada y naturalizada de convertirnos individual y socialmente en hombres y mujeres, de construir una identidad de género subordinadora para las mujeres que nos conforma como las “otras”, lo cual tiene consecuencias definitivas a muy distintos niveles del espectro de las relaciones de género. Pero, más allá de los resultados concretos de nuestra investigación y siendo siempre conscientes de que la nuestra es y será una propuesta, siguiendo a Donna Haraway (1995), situada, subjetiva, parcial e incompleta en sí misma, y que por tanto necesitará de otras que discutan con ella, consideramos que el estudio transversal del amor puede tener aportaciones directas o indirectas muy significativas para las distintas disciplinas en las que nos situamos. Así, por ejemplo, en el caso de la historia de la ciencia, nos puede permitir expandir, en el marco de la tradición foucaultiana, la indagación sobre cómo el conocimiento experto sobre el amor en occidente contribuye a conformar la identidad a través de diversas tecnologías de la subjetivación. De forma particular, acercarnos al amor como objeto de estudio nos posibilita profundizar en el tráfico de ideas entre legos y expertos, más allá de la dicotomía expertos/legos y de las concepciones tradicionales que entienden que este tráfico es unidireccional desde la
comunidad experta hacia una “dócil” comunidad lega. Esto nos puede permitir no sólo
desentrañar los mecanismos de la dominación sino también, reconocer las respuestas (o
resistencias) así como la producción propia de discursos por parte de las mujeres fuera de los acotamientos del discurso experto o, en un sentido amplio, de la dominación.
Desde un punto de vista antropológico, el estudio etnográfico de los itinerarios corporales amorosos puede ayudar a avanzar en el análisis de la producción, reproducción y cambio de las relaciones de género, ofreciendo perspectivas teórico-metodológicas que den un paso más en el conocimiento sobre el funcionamiento de los sistemas de género, así como en la sistematización de nuevas formas de explicar la existencia humana, de abordar las tensiones y relaciones entre la naturaleza y la cultura, las teorías y las prácticas, los discursos y las actividades humanas. Por último, si se verifica nuestra hipótesis de que el amor es un elemento no sólo central en la vida de las mujeres sino también en el surgimiento de los síntomas y el sufrimiento mental, esto podría servir para replantear en profundidad tanto la elaboración de los diagnósticos como los abordajes terapéuticos dentro de la psicología y psiquiatría. Más aún, consideramos que este objeto de estudio permite también recuperar las posibilidades emancipatorias de los propios discursos y prácticas de las mujeres, en la línea de algunas perspectivas teóricas actuales, como la teoría de la práctica o el estudio de las relaciones de hegemonía/subalternidad, que rescatan tanto la dimensión de seguimiento de los mandatos culturales como las de resistencia y cambio de las acciones humanas. Todo lo cual puede enriquecer la investigación feminista en su conjunto y ser de gran utilidad incluso para la acción social y política.
En un momento histórico como el que estamos viviendo, de balance sobre los logros y las formas de lucha por la igualdad, en diferentes campos, es imprescindible ofrecer instrumentos de análisis para poder observar lo que dentro de nosotras es aún entendido como «natural» y debe, por tanto, ser transformado. Desde ahí, el estudio sobre nuestros propios valores y prácticas en relación al amor se pueden convertir en una fuente privilegiada para el cambio individual y social.

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